martes, 11 de octubre de 2011

Especial ERASE UNA VEZ UN REY QUE TENIA UN JARDÍN DE ROSAS

Especial

Érase un rey que tenia un jardín de rosas, un rey poderosísimo que se llamaba Midas. Era el rey de los frigios un pueblo que vivió en Europa aunque muchos años después se trasladarían a la actual Turquía. Este rey vivió hace muchísimos años, tantos, que sumaron siglos y ya nadie se acuerda si su jardín estaba en Macedonia o en Anatólia. De lo que si se tiene noticias era que el hermoso jardín tenia rosas de sesenta pétalos que era admiración de propios y extraños y que el rey se sentía muy orgullosos de él.

El caso es que Silenos, a veces, acudía a su jardín. Silenos era era un personaje que acompañaba al dios Dioniso. Se parecía a los sátiros pero era mucho más viejo, panzudo y le gustaba mucho el vino. Midas tenia ganas de hablar con él pero Silenos era escurridizo y no había manera de lograrlo.

Midas, que en contra de las leyendas que después hicieron correr sobre él era inteligente, le tendió una trampa a Silenos. Mezcló mucho vino en el agua de la fuente a la que acudía a beber y consiguió que este se emborrachara, entonces los criados del rey lo llevaron a presencia del monarca quien después de atenderlo magníficamente y esperar a que se le pasara la embriaguez le preguntó sobre el sentido de la vida. Silenos no le quería responder pero por fin le dijo que los hombres más les valdría no haber nacido porque nunca iban a encontrar la felicidad.


Acabada la conversación el rey devolvió a Silenos al dios Dioniso quien en recompensa le concedió a Midas el deseo de que cuanto tocara se convirtiera en oro. En mala hora tuvo aquel deseo porque efectivamente todo lo que entraba en contacto con el rey se transformaba en el preciado metal y así también la comida ni la bebida no podía llegar a su boca. El rey moría de hambre y de tristeza. Al querer abrazarse a su hija esta también se convirtió en oro.

Ante el desespero del rey el Dios se apiadó y le dijo que si se bañaba en el río Pactolo la maldición desaparecería. Así lo hizo Midas y se vio libre del fatídico don, después recogió agua en una vasija y con ella mojó a su hija que volvió a la normalidad.

El rey aprendió la lección y se contentó con sus riquezas que ya eran muchas y cuentan que él y su hija volvieron a vivir y disfrutar de su hermoso jardín de rosas de sesenta pétalos.

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Los jardines ha inspirado leyendas y literatura por eso he querido recoger aquí una muy antigua de un rey muy rico que tenia uno y lo consideraba como una de sus mas preciadas posesiones.